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CURADURÍA 
Y DESARROLLO DE 
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  • 29 sept 2025
  • 3 Min. de lectura

Hay historias que no llegan de golpe. Se quedan años en algún lugar del cuerpo, agazapadas, como un animal pequeño que aprende a no hacer ruido. Y luego, un día aparece la memoria. Y con ella, la necesidad de decir.


Marta Moreno, escritora de Lacito y el lobo, me cuenta que cuando empezó a recordar volvió a lo que siempre había sido su refugio: dibujar. No como escape, sino como idioma. En sus primeros trazos para este libro, el abusador tenía forma de lobo. Ella se dibujaba como Caperucita. La fantasía le permitía acercarse a la verdad sin que la verdad quemara tanto.



Hasta que llegó ese giro que lo sostiene todo: “Yo no era Caperucita Roja. Yo era la hija de Caperucita Roja”. La hija de una madre que intentó prevenir el peligro de fuera, sin imaginar que el lobo también podía estar dentro de casa. Así nació este cuento: del deseo de nombrar lo cercano, de abrir conversación, de construir un puente entre niños y adultos.



Marta habla de los juegos simbólicos como quien habla de una casa. “Siempre me he refugiado en la fantasía”, dice. Y una entiende que, para algunas infancias, imaginar no es un lujo: es una forma de sobrevivir. Cuando en una asignatura estudiaron la estructura de los cuentos clásicos y les pidieron escribir el suyo, todo encajó. Si Caperucita había sido (entre otras cosas) una advertencia sobre los extraños, ¿por qué no escribir un cuento que también advierta sobre lo cercano? Un cuento que abra conversación. Un cuento que, sin traumatizar, nombre. Porque el silencio también educa.


En su proceso, texto e imagen van mezclados. Marta empieza por los personajes: necesita que la estética ya cuente algo. Esta vez, dice, fue distinto: por primera vez tenía clara la historia antes de dibujar. Escribió versiones larguísimas. Luego recortó. Y recortó otra vez. Hasta dar con lo crucial. Y después llegó el reto más inesperado: el cuento está rimado. La rima, en su libro, no es un adorno: es memoria. Es canción. Es esa manera que tienen los niños de recordar lo importante.



Le pregunto por las escenas del cuento que más le gustan y elige dos. Y no es casual: son dos puertas. La primera ocurre cuando la niña “vomita” el secreto y el secreto se convierte en verdad. En la ilustración, esa verdad aparece como un insecto iluminado por una luz tierna. Ella recupera el color. Y no es solo un recurso visual: es el instante en que el relato cambia de dueño. Contar —pedir ayuda— es el inicio de recuperar agencia. No borra lo ocurrido, pero cambia el eje: ya no es solo víctima dentro de la historia; empieza a participar en su salida.



La segunda escena es la última: volver a la misma imagen del principio para cerrar el círculo. La idea es preciosa y honesta: quizá la flor original no vuelva. Quizá la vida ya no sea la que habría sido. Pero puede crecer otra flor. Otra. Y eso, dice Marta, es lo esencial: esperanza real. No la que niega la herida, sino la que demuestra que la herida no lo ocupa todo.



El mensaje de Lacito y el lobo es tan sencillo como incómodo: el depredador puede venir de cualquier lado… y la ayuda también. Por eso, insiste Marta, este libro necesita adultos: para escuchar, para creer, para acompañar. Para que un niño pueda decir “esto no me gusta” y, al decirlo, empiece a volver a sí.


Al final, lo que Marta ha descubierto no es pequeño: que puede crear algo tangible que sirva a otros. Que su historia, transformada en cuento, abre conversaciones en familias, en niños, en personas que quizá también vivieron algo parecido.



Ahora estudia Educación Infantil, quiere ser maestra, seguir creando materiales, cuentos, imágenes que acompañen. Quiere escribir e ilustrar más. Y su deseo suena a esto: a alguien que tomó el lugar donde dolía y, sin negarlo, lo convirtió en lenguaje.


Hay libros que se leen. Y hay libros que, con cuidado, ayudan a decir. Este es uno de esos, y me encanta.



 
 
 

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