Actualizado: 4 oct
La orfebrería es un arte al que seguimos llamando oficio. Pero basta acercarse un poco para entender su verdadera dimensión. En ella se encuentran el dibujo, la escultura, la arquitectura, el modelado, el metal; la proporción y el volumen, sí, pero también la historia, el símbolo y la belleza. Y todo debe terminar viviendo en una misma pieza.
Imaginar la orfebrería sevillana de las últimas décadas sin Pepe Delgado obliga, de alguna manera, a imaginar otra Sevilla.
Hay una parte de la ciudad que reconocemos —sus pasos, sus coronas, la plata que devuelve la luz por las calles— que antes de tomar forma pasó por el lápiz de Pepe. Del taller de los Hermanos Delgado han salido pasos completos, coronas, peanas y piezas que hoy forman parte del patrimonio religioso andaluz.
Pepe Delgado lleva toda la vida dedicado a este arte. Y todo empieza de una manera mucho más sencilla. Con un dibujo.
"Yo hago el guion", me dice.
Pepe dibuja sus proyectos desde el principio hasta el final. Antes de tocar el metal estudia el lugar, la imagen, la arquitectura que la rodea, su historia. Si va a diseñar una corona, observa incluso hacia dónde inclina la Virgen la cabeza. Después aparece una primera idea. La deja descansar. Vuelve a ella. Corrige. Se arrepiente. Empieza otra vez. Porque para Pepe una pieza no puede limitarse a ser hermosa. Tiene que decir algo.
Una piedra, un color, un motivo. Nada aparece porque sí. Todo forma parte de una lectura. Si no la tiene, dice, a la pieza "le falta el alma".
Quizá ninguna obra explique mejor esa manera de entender la orfebrería que la corona realizada por los Hermanos Delgado para el centenario de la Coronación Canónica de la Virgen del Rocío.
Para hacerla, los devotos entregaron su propio oro. La gente iba al taller a dejar alianzas, medallas, pendientes, cadenas guardadas durante años. Objetos que habían pertenecido a padres, madres, abuelos, personas queridas. Cada uno llegaba con una historia. Y todas aquellas historias terminaron fundidas en una misma pieza. La llamaron la Corona de Amor. Su valor está en el oro, sí. Pero quizá mucho más en todo lo que ese oro había sido antes. Ahí la orfebrería adquiere otra dimensión. El metal deja de ser solo metal. Un recuerdo íntimo cambia de forma y pasa a pertenecer a algo colectivo. Una alianza deja de estar guardada en un cajón, una medalla deja de colgar de un cuello, pero aquello que significaban permanece. Solo cambia de forma.
Quizá eso también haga un orfebre: darle otra forma a la memoria.
El destino de Pepe parecía escrito bastante pronto.
Su padre, José Delgado García, era maestro orfebre.
Su primer recuerdo de este arte es el de un niño de ocho o nueve años frente a una tabla de madera, una puntilla y un martillo, haciendo aparecer una pequeña casa a golpe de puntos.
Años después entraría en la Escuela de Artes y Oficios. No fue, según él mismo cuenta, un gran estudiante, salvo en dos cosas: dibujo y trabajos manuales.
A los dieciséis años entró en el taller. Primero observó. Después aprendió. Cuatro años de aprendizaje, los oficiales, los maestros, el repujado, el cincelado, la fundición, el modelado. Su padre fue su maestro, aunque Pepe insiste en que en un taller se aprende de todos.
Podría parecer que lo tuvo fácil porque había nacido dentro de ese mundo, pero una cosa es recibir un camino y otra recorrerlo. Ser el hijo del maestro significaba demostrar más, no menos. Cuando llegó el momento, Pepe pidió que le pusieran delante una obra difícil: si era capaz de resolverla, quería ascender. La resolvió. Pasó directamente a oficial de primera. El talento estaba ahí. Pero hubo que trabajarlo.
También hubo un momento en que decidió marcharse.
Quería un estudio propio. Su padre no veía claro que abandonara el taller donde se había formado. Su madre, Dolores, sí. Mientras Pepe hacía el servicio militar, ella alquiló un pequeño local. Cuando volvió, lo llevó hasta allí y le entregó una llave. Dentro estaban algunas de sus cosas. Sus dibujos. Su estudio. A veces un destino necesita que alguien crea en él antes de que termine de existir.
Pepe empezó a trabajar allí en las horas que podía robarle al día. Después llegarían sus hermanos, Ángel y Francisco Javier, y juntos levantarían el taller de los Hermanos Delgado. Décadas después siguen trabajando juntos. Y Pepe sigue dibujando.
Hay una frase suya que podría resumir todo lo demás:
"La técnica tiene que ser una herramienta del arte. Nunca al revés".
Porque la técnica se aprende. El arte, dice Pepe, no. Quizá por eso, después de toda una vida, lo que más le apasiona sigue sucediendo antes de que empiece el ruido del taller. Delante de una hoja en blanco. Cuando todavía no existe la corona, ni el paso, ni la plata. Solo una idea. Después llegarán el metal, el fuego, los cinceles y los maestros que trabajan con él. Pero antes está Pepe. Dibujando una curva. Buscando una proporción. Imaginando cómo convertir una historia en materia.
Su destino parecía marcado por la orfebrería. Pero los destinos, incluso cuando vienen trazados, también hay que trabajarlos. Pepe lo ha hecho durante toda una vida, con la constancia de quien no habla de su arte como un trabajo, sino como una pasión.
Y en ese camino ha terminado haciendo algo más que orfebrería. Ha dibujado parte de Sevilla.
Una ciudad que protege con fuerza sus tradiciones, sus formas y sus símbolos, y donde innovar nunca consiste simplemente en romper. Quizá ahí esté también una de las virtudes de Pepe: saber moverse dentro de ese legado, respetarlo, entenderlo y, aun así, encontrar la manera de llevarlo un poco más lejos.
Porque la tradición no tiene por qué ser inmóvil.
En sus dibujos, Pepe consigue ese equilibrio difícil entre lo heredado y lo nuevo, entre continuar una historia y atreverse a escribir una línea distinta dentro de ella.
Y sería difícil imaginar la Sevilla de hoy sin algunas de las formas que primero existieron en la cabeza, y después en el lápiz y en la obra, del gran Pepe Delgado.

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