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CURADURÍA 
Y DESARROLLO DE 
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  • 5 jun
  • 7 min de lectura

Miguel Caiceo llega puntual a nuestra cita, tan puntual como quien sabe que las buenas escenas empiezan antes de que se abra el telón. Aparece cargando una bolsa de la que asoman cartones, revistas, papeles: materiales que, sin saberlo todavía, ya vienen camino de convertirse en otra cosa. Más tarde me cuenta que antes de llegar ha pasado por la Alfalfa, por el puesto de periódicos de Ricardo, que le guarda sus revistas de arte, decoración e interiorismo. Las compra, las revisa, las recorta, las mezcla. En sus manos, una página nunca es solo una página.


Nos encontramos afuera de Casa Fabiola un viernes a las once de la mañana. En Sevilla hace ese fresquito amable que dura poco, ese pequeño lujo de las mañanas antes de que la ciudad suba el volumen. Miguel trae una vitalidad serena, de esas que no entran dando golpes, pero enseguida iluminan la conversación. Actor, pintor y coleccionista, habla con la naturalidad de quien ha vivido mucho y todavía se sorprende con lo que está por venir.


Miguel ha vivido muchas vidas dentro de una misma. O, como él prefiere decir, varios caminos que han ido haciendo un solo camino. Varias épocas, varias maneras de sentir, de reaccionar, de evolucionar. Y ahora parece reunirlo todo sin necesidad de ordenar demasiado: el teatro, la pintura, la casa, los objetos, los recuerdos, los colores, las ganas.



Hay una coincidencia bonita en su trayectoria: ha hecho más de cincuenta obras de teatro y esta exposición en Casa Fabiola (hasta el domingo 7 de junio) es también, casualmente, su exposición número cincuenta. Lo cuenta con una mezcla de asombro y gracia, como si la vida le hubiera preparado una pequeña broma privada.


De niño quería ser actor. Se fue de Sevilla a Madrid pensando, quizá, que aquello sería como en las películas de Marisol o Joselito. Pronto entendió que no era tan sencillo. Pero aprendió un oficio. Aprendió a estar en escena, a escuchar al público, a vivir muchas vidas prestadas y a hacer reír en cientos de teatros. “Lo mío es ser cómico”, dice, aunque también haya hecho drama. Y tal vez ahí esté una de sus claves: saber que la risa, cuando es verdadera, también tiene hondura.


Sevilla está en Miguel sin necesidad de anunciarse. Está en su forma de estar, en su ritmo, en esa alegría que él siente como una herencia de Andalucía. No una alegría ingenua, sino una alegría con músculo. Una manera de vibrar. Una manera de tirar para adelante.


Esa energía se cuela también en su pintura.



Durante mucho tiempo, el público lo ha querido por sus personajes, por la televisión, por el teatro, por esa familiaridad afectuosa que solo tienen quienes han entrado muchas veces en la vida de los demás. Pero hay otro Miguel, más silencioso, que trabaja en la intimidad de su estudio. Un Miguel que cambia el escenario por la mesa, el público por la luz, el guión por el papel.


El teatro, explica, necesita muchas cosas: compañeros, técnicos, luces, sonido, un texto, un público esperando al otro lado. La pintura, en cambio, empieza en soledad. Basta un papel, un lápiz y, como añade enseguida con humor, “cuatro mil quinientas cincuenta cosas más”. Pero en el fondo depende de él. De su mano. De su deseo. De esa conversación íntima entre lo que uno quiere hacer y lo que la obra termina pidiendo.


Miguel trabaja mucho. Pinta, deja dormir la obra y vuelve a ella al día siguiente o al otro. Entonces decide si continúa, si cambia algo, si firma, si espera. Tiene como referente a Picasso, no solo por su obra, sino por su capacidad inagotable de trabajo. Para Miguel, crear es también insistir. Hacer diez cosas para que quizá tres o cuatro tengan algo especial. Entender que incluso las obras que no llegan a donde uno quería forman parte de la escalera.


"Una escalera interminable", dice.



Su pintura tiene algo de escenario interior. En sus collages conviven bustos, edificios, mujeres de espaldas, calles, manchas, acuarelas, tintas, fragmentos. Todo aparece en diálogo, como si cada elemento entrara a escena con su propio papel. Para Miguel, el collage no es una solución fácil, sino todo lo contrario: es una dificultad elegida. Una manera de mezclar mundos y hacer que funcionen.


También le interesa la abstracción por esa misma razón: porque exige que una mancha, un color o una composición sean capaces de tocar algo. Que den “un pellizco”, como dice él. En su pintura hay belleza, pero no una belleza quieta. Hay movimiento, intuición, choque, juego. Hay una pregunta constante: ¿dónde está la realidad y dónde empieza la ficción?


Miguel dice que el cuadro manda. Uno puede empezar con una idea, con un verde pensado, con una composición en la cabeza. Pero de pronto el verde no aparece. O aparece un azul. O hace falta un gris. Y ese gris puede llegar de la manera más inesperada: una mujer pasa por la puerta con un traje gris y Miguel entiende que ese era el tono que necesitaba. Vuelve a entrar en casa, busca el color y lo incorpora al cuadro.


La vida, para él, funciona un poco así. Uno cree que va hacia un sitio y la vida señala otro. La obra también. El artista guía, pero no controla del todo. Como en el teatro: una parte es técnica, oficio, dirección; otra parte es dejar que el personaje respire. En la pintura ocurre lo mismo. Hay voluntad, sí, pero también escucha.


Su casa también forma parte de ese universo. Una casa de coleccionista, llena de mezclas, de piezas antiguas y contemporáneas, de objetos que conviven como personajes de distintas épocas invitados a una misma mesa. Le gusta lo antiguo y le gusta lo nuevo. Le interesan los contrastes, las capas, las combinaciones inesperadas. Esa manera de habitar se traslada también a Casa Fabiola, donde su exposición Pintura y coleccionismo no solo muestra obras propias, sino también piezas de su colección.



La exposición tiene algo de casa trasladada, aunque él mismo advierte que para traer su casa harían falta diez tráileres. En Casa Fabiola ha reunido más de un centenar de piezas: alrededor de la mitad son obras suyas y la otra parte pertenece a su colección. El resultado no es una exposición convencional, sino una atmósfera. Un fragmento de mundo. Una invitación a entrar en la cabeza, la casa y el pulso creativo de alguien que no separa del todo crear, coleccionar y vivir.


Pero si hay un lugar donde todo esto se concentra, ese lugar es su estudio.


Su estudio principal fue antes un antiguo invernadero. Solo esa imagen ya parece escrita para él: un espacio pensado para que crecieran plantas convertido ahora en un lugar donde crecen imágenes. Tiene mucha luz, varias mesas, cajas con materiales, zonas para distintas tareas. En verano, uno de sus patios se convierte también en estudio. Allí pinta al aire libre durante horas. La casa entera, de algún modo, participa del proceso.



Miguel no trabaja en un espacio aséptico. Su estudio, como él, es barroco, lleno, vivo. Hay pinceles por todas partes. Pinceles comprados por él y otros encontrados en mercadillos, quizá pertenecientes a pintores que ya no están. Le gustan los utensilios, pero no se limita a ellos: se puede pintar con pinceles, con rulos, con los dedos, con casi cualquier cosa si la mano sabe lo que busca.



A veces se despierta de madrugada y baja al estudio. Si una idea aparece, hay que atraparla. Las ideas, dice, también se van. Y esa frase resume mucho de su manera de vivir: estar disponible, levantarse, bajar, trabajar, no dejar que la chispa se pierda.


En Miguel hay una disciplina alegre. Trabaja mucho, pero no desde la dureza. Lo hace porque lo necesita. Porque pintar y actuar le dan vida. Porque el día que tiene teatro se siente una de las personas más felices del mundo, aunque haya que madrugar, viajar, volver cansado después de la función. Porque en el escenario se realiza. Y en la pintura también.



Cuando habla de la ilusión, no lo hace como una palabra bonita para cerrar una entrevista. Lo dice casi como una plegaria. Quiere conservar las ganas de vivir, de expresarse, de seguir siendo artista. Pide que no se le vaya esa fuerza. Que no se le apague el deseo.


Y se nota que no se le ha apagado.


Miguel sigue preparando exposiciones. Habla de próximos proyectos en Tomares, de una muestra junto al escultor Francisco Marqués, de futuras citas en Chipiona y en Sevilla. Habla de teatro, de radio, de pintura, de viajes, de visitas guiadas. Todo aparece al mismo tiempo, pero no como acumulación, sino como impulso vital.


También le interesa lo que ocurre cuando la obra sale de sus manos. Que alguien encuentre en un cuadro algo que él no había previsto le fascina. Le gusta que el arte sea subjetivo, que cada sensibilidad complete la obra a su manera. Como las canciones, dice: uno las lanza y luego ya son del pueblo.



Tal vez eso explique por qué tanta gente lo quiere. Porque Miguel no parece crear desde la distancia, sino desde una generosidad natural. Le alegra que alguien tenga uno de sus cuadros en casa y le diga que cada día le gusta más. Le emociona que otros se animen a hacer collages después de ver los suyos. También él se inspira en otros. El arte, entendido así, no es una torre cerrada, sino una corriente.



Miguel Caiceo ha sido muchas cosas y sigue siendo muchas cosas. Pero quizá lo más hermoso es que ninguna parece haber cancelado a la otra. El actor no desaparece cuando pinta. El pintor no borra al cómico. El coleccionista no tapa al niño que se fue a Madrid creyendo que el cine era una promesa al alcance de la mano.


Todo convive. Todo suma. Todo forma parte de esa gran composición que es su vida.


Como en sus collages, cada fragmento encuentra su sitio.



Miguel pinta, actúa, ríe, recuerda, trabaja. Sigue subiendo su escalera. Sigue buscando el gris exacto que vio pasar por la puerta. Sigue creyendo que una obra puede mandar, que una idea debe atraparse, que el público merece alegría, que el arte puede dar vida.


Y quizá eso sea lo que más emociona de él: no solo lo que ha hecho, sino la manera en que sigue haciéndolo.


Resumirlo cuesta, tal vez porque en Miguel siempre queda algo más por contar: otra escena, otro cuadro, otro objeto encontrado, otra risa.


Con ilusión. Con oficio. Con humor. Con una libertad muy suya.

 

 
 
 

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