- ambarpurcell

- 26 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 1 dic 2025
Hace unos días fui a visitar la librería Boteros para charlar con Daniel Cruz Camuñez, el creador de este espacio tan querido en Sevilla. La librería lleva más de una década abierta y es difícil encontrar a un sevillano que no la ubique: está en una esquina de la calle Boteros, con su inolvidable puerta y sus ventanas rojas, que ya forman parte del paisaje del centro.
Desde fuera parece un local pequeño, casi escondido, pero al entrar el ambiente cambia por completo. Todo se vuelve más tranquilo. Los estantes suben casi hasta el techo y están llenos de libros organizados de manera muy personal e intuitiva.
Cada rincón invita a quedarse un momento: un sillón antiguo, un estante que casi roza el techo, la luz que entra desde la calle y suaviza el espacio, las obras de arte que lo vigilan todo.
Detrás del mostrador está Daniel, siempre atento y con una calma que marca el ritmo del lugar. Me invita a sentarme. Mientras hablamos, observo cómo la librería funciona a su modo: entra gente, la voz baja, la conversación se modula. Todo ocurre con naturalidad.
A mitad de la entrevista entra una señora con un carrito lleno de libros. Dice que quiere dejarlos allí porque, si no, tendrá que tirarlos. Daniel abre los ojos como si hubiera escuchado una tragedia. “¿Tirarlos?”, repite, mientras ya está curioseando el contenido del carrito. Ella insiste en que prefiere regalarlos antes que deshacerse de ellos. Daniel los recibe casi con alivio. La escena dura un par de minutos, pero resume perfectamente el espíritu de este lugar: aquí los libros encuentran otra oportunidad.
Cuando retomamos la conversación, Daniel me cuenta cómo empezó todo. No dice que siempre soñó con tener una librería; de hecho, llegó aquí en un momento complicado. Trabajaba en hostelería, rodeado de historias ajenas, sin un espacio propio donde ordenar las suyas. Un día, un amigo le comentó sobre un local vacío en la calle Boteros, así que decidió ir a verlo. No tenía muebles ni historia, pero él vio un sitio donde podía estar bien. Trajo primero los libros de su casa y, poco a poco, fue reuniendo ejemplares que le parecían interesantes. Curó la selección como quien organiza una pequeña exposición, con intuición y criterio.
“Lo abrí porque necesitaba un lugar donde estar bien”, dice. No habla de negocio ni de estrategia: habla de refugio.
Recuerdo una frase que había leído en otra entrevista suya: que una librería independiente necesita algo que no se compra, una energía que proviene de quien la cuida. En Boteros eso se nota. La selección refleja sus gustos; la disposición de las mesas, su manera de ordenar; el ambiente, su carácter discreto y su humor.
Al principio —me cuenta— todo era más caótico. La ciudad cerraba librerías y abrir una parecía casi una temeridad. Aun así insistió. Y lentamente empezó a llegar la gente: vecinos, curiosos, lectores silenciosos. “Al final, la librería se hace entre todos”, comenta mientras acomoda un tomo de segunda mano. Y tiene razón: se nota en el perchero con ropa, en los libros que la gente deja para recomendar, en las conversaciones que empiezan sin pretenderlo.
Antes de irme, doy otra vuelta entre los estantes. Nada está colocado para llamar la atención: todo está puesto para ser descubierto. Esa es quizá la esencia de Boteros: no pretende deslumbrar, sino acompañar. Es un lugar donde uno puede quedarse sin ser visto del todo.
Cuando me despido, Daniel vuelve a sentarse detrás del mostrador con un libro abierto. Y antes de que cierre la puerta, me deja un consejo para quien quiera abrir una librería hoy: “Si lo tienes claro y te apasiona, adelante. Habrá retos, muchos, pero si de verdad te importa, encuentras la manera”.
Mientras salgo, pienso que Boteros no es solo la librería de Daniel: es su forma de estar en el mundo convertida en un espacio para todos.




























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