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Hay lugares que nacen de una idea y otros que aparecen después de muchas vueltas.
El Extranjero pertenece a los segundos.
Antes de los libros hubo música. Antes de Sevilla, Londres, Chile, Texas. Antes de la librería, dos bandas que coincidieron en un festival y dos personas que todavía no sabían que, años después, acabarían compartiendo estanterías, talleres y una puerta abierta en pleno centro de Sevilla.
Laura es de aquí, aunque pasó muchos años fuera. Manuel viene de Chile. Se conocieron tocando música. Ella canta y toca el bajo; él toca la guitarra y el bajo, y también canta. La música hizo lo suyo y, tiempo después, apareció otra pregunta: ¿y ahora qué hacemos con todo esto que nos gusta?
La respuesta acabó teniendo la forma de una librería-taller.
Querían montar algo que no los alejara demasiado de sí mismos. Nada de hacer por hacer. Manuel traía los libros. Laura, el arte, las ganas de enseñar, de crear con las manos, de reunir a gente alrededor de una mesa.
Así nació una especie de criatura híbrida: librería, taller, salón, punto de encuentro.
Los libros son importantes, sí. Pero también son la excusa perfecta.
Una persona entra buscando una novela y quizá termina apuntándose a un taller. Otra viene a dibujar y se lleva un libro. Alguien más aparece para una presentación y, cuando termina, nadie se quiere ir.
Ahí empieza a entenderse El Extranjero.
El nombre parece una pista.
Ser extranjero, dice Manuel, tiene algo de dejar cosas atrás. De llegar con cierta distancia. De mirar desde fuera. También de empezar de cero y descubrir que, cuando uno ya está fuera de sitio, quizá se atreve a hacer cosas que antes no se habría planteado.
Laura conoce bien esa sensación, aunque haya vuelto a su propia ciudad. Después de tantos años lejos, Sevilla también puede sentirse un poco extranjera.
Quizá por eso algo de lo que cuentan me resulta tan familiar. Yo también conozco esa sensación de llegar desde fuera, de mirar una ciudad desde otra distancia y de ir construyendo, poco a poco, una forma propia de pertenecer.
Puede que por eso El Extranjero no intenta parecerse demasiado a lo que ya existe.
Está en el casco histórico, rodeado de una ciudad que vive muy pegada a su memoria. Aquí la tradición pesa. Y pesa bonito: las calles, los gestos, las cosas que llevan mucho tiempo ocupando el mismo lugar.
Pero Laura y Manuel quieren abrir una pequeña rendija.
No romper nada.
Solo mover un poco el aire.
Que entren otras voces, otros libros, otras formas de hacer. Que Sevilla conserve lo suyo, pero deje también un rincón para lo que todavía no sabe muy bien qué es.
Quieren atraer a los vecinos. Que alguien del barrio entre a aprender a dibujar. Que artistas de la zona impartan talleres. Que haya escritura, pintura, ilustración, ropa transformada, conversaciones inesperadas.
Porque una librería puede ser una librería y, al mismo tiempo, muchas otras cosas.
Manuel no quiere llenar las estanterías con lo mismo que puede encontrarse en cualquier sitio. Busca editoriales independientes, libros que se salgan un poco del camino, títulos que hagan pensar, ediciones que despierten curiosidad.
Laura añade otra regla:
que sean bonitos.
No basta con el contenido. El libro también tiene que pedir que lo toquen.
Entre los dos hacen una especie de pacto: que sea bueno por dentro y que tenga algo por fuera.
Por eso aparecen pequeñas rarezas. Un Kerouac en una edición que no es la habitual. Un Foucault que uno no esperaba encontrar allí. Libros conocidos vestidos de otra manera. Otros que quizá no conocías y que, de pronto, te hacen sacar uno del estante solo para ver qué pasa.
Ese gesto —sacar un libro sin saber exactamente por qué— también parece formar parte del proyecto.
Laura quiere belleza.
Manuel, sorpresa.
Los dos quieren calidez.
Y probablemente esa sea la parte más difícil de diseñar, porque la calidez no se compra ni se coloca en una estantería.
Pero a veces ocurre.
Después de algunas presentaciones han cerrado la puerta y la gente se ha quedado dentro. Una cerveza, una conversación que se alarga.
La librería deja entonces de parecer una tienda. Se parece a una casa. A un salón donde alguien ha puesto buenos libros, objetos elegidos con cariño y unas cuantas sillas para que nadie tenga demasiada prisa.
Y quizá haya algo especialmente bonito en eso: que un lugar llamado El Extranjero termine provocando exactamente la sensación contraria.
La de poder quedarse.
El Extranjero no parece querer llegar a una forma definitiva. Hay algo vivo en esa incertidumbre, en ir probando talleres, imaginando encuentros, moviendo libros, viendo quién entra por la puerta.
Al final de nuestra conversación les pregunto cómo empezaría El Extranjero si fuera un libro todavía no escrito.
Manuel responde:
"Los curiosos mecanismos de la vida me han traído hasta aquí para abrir un camino al futuro".
Laura se queda pensando un poco más. Su primera frase llega después:
"Abrir una librería se cuenta con tres palabras, pero fue lo más duro que hemos hecho nunca. El extranjero tiene la mitad de cada uno de nosotros dentro: mi vuelta disfrazada de comienzo y el comienzo sin retorno de Manuel. Es nuestro hijo mutante, nuestro Frankenstein, al que amamos como a un brazo o a una pierna, y del que, extrañamente, dependen nuestras vidas".
Dos maneras de contar un mismo comienzo.
La de Manuel mira hacia adelante. La de Laura guarda todo lo que hubo que dejar atrás para llegar hasta aquí.
Y entre las dos aparece El Extranjero: un lugar hecho de dos mitades, de libros, música, arte y muchas vueltas. Una criatura todavía en movimiento, imperfecta y propia, que ha abierto una pequeña rendija en Sevilla para ver qué puede pasar después.

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