- 28 ene
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Actualizado: 29 ene
El estudio de Antonelo Collantes habita el número uno de la Plaza San Leandro. Desde lejos se anuncia. Hay algo en él que llama, que invita a detenerse. Solo cuando te acercas a sus grandes ventanas abiertas entiendes por qué: los cuadros se asoman, respiran hacia la calle, dialogan con quienes pasan. No es una exageración decirlo: es uno de los estudios más bonitos que he encontrado en Sevilla.
En la entrada, casi como custodiando un pequeño palacio, está Bond, su perro, grande, elegante y atento, como si también él formara parte de la obra.
Dentro, un reloj antiguo marca las horas, pero avanza con una lógica propia. A pesar del frío, la luz de esta mañana es amarilla. Entra sin pedir permiso por las ventanas y se posa sobre los lienzos, sobre las paredes altísimas, sobre los pinceles usados. Todo queda envuelto en una calma que no pide atención.
Antonelo me recibe mientras ordena el estudio. Lo hace sin prisa, con una serenidad que se percibe en los gestos. Mientras lo espero, observo el lienzo enorme en el que está trabajando: un paisaje de Sevilla que se construye a base de ocres, amarillos y capas superpuestas, como si la ciudad fuera apareciendo poco a poco.

Nos sentamos en una mesa larga de madera. Desde ahí puedo ver casi toda su obra. Sus ya característicos personajes no hablan, pero miran. Nos miran mientras charlamos, como si escucharan la historia de cómo fueron creados.
“Yo siempre estaba pintando”, recuerda.
Pintaba desde niño, en silencio, en casa de su abuela. Pintaba mientras estudiaba, mientras trabajaba, mientras formaba una familia. Pintaba cuando nadie miraba. Pintaba porque no podía no hacerlo. Porque había algo dentro que pedía salir.
Me habla de su infancia entre batas blancas, de once hermanos, de un padre que soñaba con futuros exactos. “En mi casa era: terminas el bachiller y haces Medicina. Eso era ley”, me cuenta.

Él, en cambio, aprendió primero a escuchar las palabras. Entró en Medicina, pero acabó desviándose hacia la prótesis dental, donde el oficio y la sensibilidad se dan la mano.

En Valencia, donde estudió, aprendió a perderse y a encontrarse. Entre bares, carteles y noches largas fue construyendo, sin saberlo, su lenguaje. Y cuando regresó a Sevilla con Isabel, su mujer, llegaron más responsabilidades y menos tiempo, pero la pintura siguió latiendo debajo de todo, como una respiración constante.
El nombre de Isabel aparece en la conversación como un faro. Como una presencia que todavía ilumina. “Ella fue la que me empujó. Sin ella, igual yo no me hubiera atrevido…”, me dice.
Fue su primera espectadora, su cómplice, su impulso. Cuando la enfermedad entró en sus vidas, pintar se volvió refugio. Mientras la acompañaba, él no veía la televisión: pintaba. Esa era su forma de estar.Isabel le pedía que no dejara de hacerlo. “Isabel siempre me decía: no lo dejes, no lo dejes nunca”.
Casi sin proponérselo, expuso por primera vez en la pizzería de Salvatore. Vendió un cuadro. No sabía muy bien qué estaba pasando. Tampoco había pensado en una firma.
“Yo soy Antonio López Collantes, y me quité el López y me puse Antonelo Collantes. Mucho más artístico”. Y así, sin pensarlo demasiado, empezó a existir como artista.
Después vinieron las exposiciones en los hoteles, los viajes. Sus cuadros recorriendo ciudades como cartas sin remitente. Vendía todo.
La muerte de Isabel partió su vida en dos. Hubo años lentos. Silenciosos. Momentos en los que el pincel pesaba más. Pero siguió. Porque algunos artistas no eligen el arte: el arte los sostiene cuando todo lo demás se cae. Y así, poco a poco, fue construyendo su refugio, su estudio.
Me habla entonces de sus hijos, Pablo e Isabel, y de su nieta. Y aunque su pasión es el arte, entiendo que su vida es su familia. Se le nota en cada sonrisa, en cada gesto de orgullo y ternura. Ellos, al final, son su obra más grande.
Hoy, rodeado de décadas de trabajo, entiendo que sus cuadros son un archivo emocional. Trabaja casi siempre sobre lienzo. Allí conviven Sevilla, los toros, las ferias, los paisajes y los recuerdos. Pero son sus personajes quienes sostienen su universo: figuras de rasgos marcados, miradas largas, narices imposibles, cuerpos que parecen estirarse para contar mejor lo que sienten. No pinta lo que ve, pinta lo que recuerda, lo que imagina, lo que transforma. Su estilo no imita: conversa.
Cuando me voy, la luz sigue entrando por las ventanas. Él vuelve a su lienzo, alegre. Yo salgo con la sensación de haber visitado no solo un estudio, sino una vida entera.
Os invito a pasaros a visitar el estudio, que estará abierto algunas mañanas a partir de mediados de febrero y también los martes y jueves, de 7 a 10 de la tarde.

























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